Basado en hechos imaginarios: Relato
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21 mar 2016

Reseña (XX): A la deriva en el Mar de las Lluvias y otros relatos

Cuanto menos, más valorado

En esta antología de relatos de ciencia ficción nos encontramos con ocho historias de diversa ambientación y temática que fomentarán la pausa post-lectura y la reflexión. Un toque de atención para aquellos que creen que no hay lugar para íntimas emociones humanas en la ciencia-ficción.

Nuevos mundos, y algunos viejos

Una compilación de relatos es la suma de estilos y percepciones. Un relato presenta de forma inmediata una forma de entender la historia y transmitir el mensaje. No andarse con rodeos y hacer sentir al lector que necesita saber cómo acabará la historia. Esto es lo que este libro representa: una gran lección de la básica literaria de introducción, nudo y desenlace bien condensado en unas pocas páginas con la capacidad de absorber en apenas diez líneas, y de sorprender en el párrafo final.

  1. La señora astronauta de Marte (Mary Robinette Kowal): una anciana envuelta en el dilema de volver a ser piloto de una nave espacial y seguir cuidando de su gravemente enfermo marido.
  2. Algoritmos para el amor (Ken Liu): la capacidad de unas muñecas para reproducir el comportamiento humana hará plantear la posibilidad de que la conducta humana pueda ser el resultado de una programación.
  3. Frigonovia (Will McIntosh): la espeluznante posibilidad de ofrecer la resurreción a mujeres jóvenes a cambio de que tengan citas con los hombres que les devuelvan la vida.
  4. Regreso a casa (Mike Resnick): las intenciones de un hijo que ha modificado su cuerpo de que su padre le acepte como es antes de que su madre fallezca.
  5. La verdad de los hechos, la verdad del corazón (Ted Chiang): dos historias sobre las ventajas e inconvenientes que existen entre la interpretación y el registro objetivo de los hechos.
  6. Si fuera un dinosaurio, amor mío (Rachel Swirsky): un hermoso canto poético sobre el amor que no puede dejar indiferente.
  7. La Amaryllis (Carrie Vaughn): en un mundo donde el consumo de recursos naturales y la natalidad conviven en un frágil equilibrio los tripulantes de un barco pesquero buscarán la justa recompensa de sus esfuerzos.
  8. A la deriva en el Mar de las Lluvias (Ian Sales): un grupo de astronautas en la Luna son testigos de la desaparición de su mundo debido a una guerra nuclear. Golpeados por la certeza de que son los últimos. De que son fantasmas.


Los autores nos advierten de los peligros de la tecnología (tanto en quienes confían en ella como quienes la demonizan) y el peso adecuado que nuestros sueños deben jugar en las decisiones de nuestra vida, comprender que todo lo que hacemos tiene consecuencias sobre quienes nos rodean y que nuestras emociones personales deben ser debidamente interpretadas y analizadas. Los actos del corazón pueden ser muy conmovedores, pero no quedan por ello exentos de error y dolor. Bien lo saben algunos de los personajes.

Al ser una antología selecta nos encontramos con un alto nivel literario, sin embargo, como siempre sucede en estos casos se nos presentan altibajos en la calidad o redacción de las historias, y no puedo dejar de mencionar que Si fueras un dinosaurio, amor mío es el mejor (y más breve) de los textos, seguido muy de cerca de La señora astronauta de Marte, que sirve de relato inicial y nos sumerge en lectura con formidable maestría. Es mi opinión, claro está.

20 feb 2016

Reseña (XIV): Crónicas marcianas

Ameno y chocante

¡Vayamos a Marte para que nos consideren héroes! Demos un salto colosal en la hazaña de la exploración. Sentemos las bases de la oportunidad para quienes tienen miedo de seguir en la Tierra. Un futuro mejor nos espera en nuestro nuevo hogar.

Solo dejamos y dejaremos ruinas a nuestro paso

¿Qué haremos cuando lleguemos a Marte? ¿Conviviremos en paz con quienes allí habitan o lucharemos hasta que uno de los dos se extinga? Si nadie se nos opone, ¿construiremos en Marte un hogar mejor o añoraremos la vieja Tierra hasta el punto de imitarla? Estructuras, hábitos, cultura, miedos y pasiones del viejo mundo reproducidos en el nuevo. Con la absurda esperanza de que esta vez será mejor.

Huimos de lo que tememos, pero no podemos huir del miedo. En el nuevo planeta hay muchas cosas que no comprendemos, porque seguimos teniendo la mentalidad del terrícola. No queremos adaptarnos, sino que el mundo sea como queremos. ¡Tiene que ser mejor, siempre y cuando sea igual!

En los rojos cohetes no desembarcan colonos, sino colonizadores. ¿De qué sirve empezar una nueva vida si conservaremos los viejos hábitos? Racismo. Egoísmo. Censura. Prejuicios. Violencia. Humanidad.

El libro nos despierta sentimientos de melancolía por lo que pudo ser, lo que debió ser y nunca fue posible. Allí estábamos para asegurarnos nuestro fracaso.

30 dic 2015

Reseña (XI): Pirineos, tristes montes

Las pequeñas historias contienen las mayores tragedias

Pequeños relatos y voces apenas escuchadas narran las historias de las tragedias cotidianas. Tan terribles como habituales. Sabemos que están ahí pero cerramos los ojos por considerarlos cosa de ese mundo extraño y ajeno que es el monte rural. Donde las tradiciones tienen mucho peso y los tópicos no son causa de risa sino de tristeza.

Un mundo triste y oculto

Una antología de relatos. Las historias de las gentes de las montañas que se dedican a su oficio con resignación, donde las apariencias lo son todo y la vida debe pasar sin sobresaltos, sin llamar la atención. Cuentos contemporáneos; algunos tan breves que apenas se leen en un minuto pero todos perduran en la memoria del lector. No hay nada como la historia cotidiana narrada con lenguaje simple y emotivo para que el lector se sienta satisfecho de haber elegido esta lectura.

Cada historia, una vida amarga. Vida que cabe en cuatro hojas de papel, después cosidas y amontonadas con otras vidas. Otras hojas. Formando un mundo de desconocidos entre sí con sufrimientos similares. Familia. Oficio. Infancia. Pobreza. Abnegación. Eso es esta novela.

Pirineos, tristes montes es un título ideal para un lector no habitual. Apenas seis o siete páginas te sumergen de inmediato en una historia trágica y fugaz que te hace levantar la vista de la página y decir "¿esto ocurrió de verdad?" sabiendo que así fue. Trágicamente, así fue.

1 dic 2015

Relato (IV): Apostar por necesidad, perder por obligación.

Apostar por necesidad, perder por obligación



Puedo leer tu mente, eres un fracasado.
Mírate, perdiendo lo poco que tienes tentando a una suerte de la que careces. Ya deberías saberlo. Tú no eres de los que descorchan champán el día de la lotería. ¿Por qué la tragaperras iba a ser diferente?
Otra moneda.
Su propio nombre lo dice: está para tragar, no para cagar. Es más sincera de lo que tú has sido en toda tu vida. Y viendo cómo te ha atrapado, es mejor en su trabajo de lo que tú eras en el tuyo. A ella su jefe no le dirá un “espero que te vaya bien en la vida”.
Oh, ¿te he recordado lo miserable que eres? Lo siento, olvidaba lo fácil que es ofenderte con la verdad. No me vengas con esas de que el despido les salía barato. No te hubieran echado si hubieras sido útil. Reconócelo, lo que tú hacías lo hace cualquiera cobrando menos. No era tan difícil currar mejor. Deberías haberte esforzado más en demostrar que valías.
Otra moneda.
Toño, ponme otra caña.
Tampoco ellos tienen la culpa de que no te contraten. Tu hija te podría hacer un currículum en condiciones, en Linkedin o en las webs de empleo, y no esa mierda de papel garabateado que exhibes como si fuera un trofeo. En lugar de demostrar que sabes reciclarte y adaptarte a los nuevos tiempos sigues confiando en que tus veintiséis años de experiencia en a-nadie-le-importa es todo lo que necesitas. Me das vergüenza.
Ya ni siquiera buscas trabajo. Tu torpe sistema no ha funcionado y en lugar de probar algo nuevo te escondes en la apatía y la mentira. Vienes aquí, cada mañana, pensando que un trabajo caerá como tus monedas caen por ese agujero.
Otra moneda.
Ni en aquella tienda de zapatos te mantuvieron en nómina. No empieces con ese cuento de que el contrato decía un período de prueba de un año. Si no vales, te echan. Las cosas son así. Pero no, tú te empeñas en hacerte la víctima. “Soy como los demás”, dices “el gobierno me ha jodido”. Ni tú te lo crees. Aquí estás, desperdiciando el paro que te costó treinta años ganarte.
Has dejado que cuatro o cinco malas experiencias te hundan. El problema no es la crisis, eres tú. Y lo sabes.
Mira a través de ese mugriento cristal que Toño no ha limpiado en su vida. ¿Ves esos edificios? Vives en esta gran ciudad, llena de oportunidades, y crees que no hay nada ahí fuera para ti. ¿Y qué que sean trabajos de mierda? Cualquier cosa es mejor que lo que tienes ahora. Que es nada. La nevera no se va a llenar sola y sois cuatro bocas. Suban o bajen el IVA, tienes que seguir comprando comida. Ten algo de dignidad y gánate el dinero trabajando en lugar de seguir con la maquinita esta.
Otra moneda.
Toño, ponme otra caña.
Apúntate a un cursillo de algo. ¿No arreglas el tubo del fregadero? Haz algo de fontanería y que te den un título, que es lo que de verdad importa. Es lo que están haciendo los jóvenes, y son más listos que tú. No dejes que te coman el terreno, porque a ellos no les duelen aún los huesos. No les preocupa la jubilación y a ti te llegará cualquier día. Si es que logras cotizar.
Ve a ver a esa mujer del INEM, ese pájaro de mal agüero, y dile que el viejo fracasado que eres todavía tiene sangre en las venas. ¡Sí! ¡Eso es! ¡Arréglate esa barba de indigente! ¡Vístete como un triunfador! ¡Estira la espalda! Que todos te vean caminar orgulloso cuando entres en la oficina de empleo y anuncies que quieres dar un vuelco a tu vida.
Otra moneda.
Lo imaginaba. No tienes voluntad.
¡Eso es, mira la cartera! Has cambiado el crujir de los billetes por el reconfortante peso de las monedas. Pero a cada partida el tintineo es más débil. Cómo cambia el dinero de manos, especialmente el tuyo. Como en aquella aventura tuya al casino. Cuando pienso que no puedes ser más estúpido pienso en aquella noche.
Para empezar, ¿a quién se le ocurre visitar a una adivina? Son un fraude más grande que las lentillas para ciegos. “Tu suerte va a cambiar”, te dijo. Así, alardeando originalidad. Y tú, estúpido, te lanzaste a los casinos.
¡Qué elegante estabas con ese sombrero! Pero hasta los de la puerta vieron a través de tu traje alquilado y supieron que eras un pordiosero. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
¿Cómo ibas a ganar nada si te estabas preguntando dónde estaban los bastos en esa baraja? Entre ruletas y naipes se fueron los billetes y las esperanzas. La banca siempre gana. Y lo poco que te quedó te lo sopló el casino con una tónica; la más amarga de todas mientras veías cómo aquel fulano que parecía el campeón mundial de póquer se lo llevaba todo. Muy orgulloso en sus cartas y sus miles euros en fichas. Tú podías haber sido él, si hubieras tenido la suerte que sabes que no tienes. Y aquí sigues, tentándola. 
Otra moneda.
Toño, ponme otra caña.
A este ritmo acabarás en la calle. Como aquel mendigo al que no le diste el euro. ¿Te acuerdas de él? Con su aspecto desaliñado y triste: “Soy español en el paro. Tengo una hija”. Murmurando algo sobre “piedad” y “una ayudita”. Te viste como él en no mucho tiempo y sacaste el euro. El mendigo hizo amago de una sonrisa cuando avanzaste hacia él, pero se le congeló en la cara cuando te quedaste parado.
Nueva y reluciente. Con la cara del Rey. Un euro.
Aquella podía ser tu moneda de la suerte. En lugar de echársela al mendigo la echaste en la tragaperras. Y así perdiste tu moneda, esa que te sacaría de aquel agujero en el que tú solo te habías metido.
Vueltas y vueltas dan las cerezas y las campanas de la maquinita y ningún premio sale hoy. ¡No pulses ese botón! Te engaña diciendo “Avance”, pero al final te pedirá más monedas. ¿Lo ves?
Espera un instante y reflexiona. Piensa en lo que estás haciendo.
Eso es. Sigue silencioso y haz caso a quién mejor te conoce. Sal de este bar y ve a buscar la oportunidad que te espera ahí fuera. Buscar empleo es también es un juego de azar. Si insistes, en algún momento ganarás. No, no hagas eso.
Otra moneda.
Te has quedado callado, ¿eh? Claro. Tus hijos. Piensas en ellos y en lo mucho que les queda por delante antes de que puedan siquiera rozar lo que tú has desperdiciado con tu vida despreocupada.
¡Ya vuelves con la estupidez de la hipoteca elevada! Fue culpa tuya, no podías ganar tanto en cuarenta años. No si vivías a todo trapo. Coche. Casa en el pueblo. Dos hijos en la universidad. Un pelacables como tú no podía aspirar a tanto. Es lo que te dicen los periódicos donde ya nadie pone ofertas de empleo y tú insistes en mirar.
Luego volverás a casa y tendrás que mirarte en el espejo del ascensor. Con tu cara de perdedor. Pulsarás uno a uno los botones que te llevan al sexto, tratando de retrasar lo inevitable. Tu mujer te esperará en casa, limpiando la casa que tú vas a perder, después de haberse matado a limpiar casas ajenas por cuatro duros.
Otra moneda.
Te preguntará: “¿qué tal el día cariño?”. “Ya me llamarán”, le dirás tú. Ilusa. Aquí has estado toda la mañana. Perdiendo el tiempo, el dinero y la dignidad. Hasta que no ha quedado nada. Pronto la perderás a ella, cuando descubra el fraude que eres.
Ya falta poco…
¡Torpe! Esa era tu última moneda y se te ha caído al suelo. ¡Menudo golpe! Lo siento por ti, pero te lo mereces. Llevas veinte cañas en el cuerpo y otro te controla. Encima te has roto un dedo. Deberías ir a pedir la baja. Mejor aún, échale cuento y di que te has partido el brazo; y la cadera y el dedo gordo del pie.
Es lo que otros hacen y se van de rositas. Pero a ti te pillarían. Porque tú no eres de los que roban. Ni para eso tienes talento.
Ya tienes tu moneda. Esa que te ha costado un dedo. Mírala bien. Última oportunidad. ¿Crees que será la definitiva? ¿De verdad crees que esa moneda va a cambiar algo?
Otra moneda.
Ya está. Se acabó. Tu última moneda no es más que un recuerdo. ¿Qué esperabas, idiota?
Deberías haberlo aprendido hace mucho. El que apuesta, siempre cae en la trampa.

2 nov 2015

Relato (III): El rey Wamba

El rey Wamba



No pensaban detenerse a esperar al resto del grupo. De hecho, a Aguinaldo le daba la impresión de que tanta presteza no tenía nada que ver con el jabalí al que estaban dando caza, sino con el deseo del rey de hablar a solas con el capitán de su guardia.
Los bosques de Galtiva ofrecían un lugar apropiado para ello, lejos de miradas y oídos curiosos. Pero también eran un lugar perfecto para que un asesino acechara escondido. O asesinos.
—Corréis un riesgo innecesario al adentraros en estos bosques —le dijo el capitán—. Bien sabéis que Galtiva no es la más leal de las ciudades.
El rey giró el rostro hacia Aguinaldo con el ceño fruncido.
—¿No estás tú para protegerme?—espetó.
Aguinaldo se sorprendió de aquel reproche. Se recompuso dando un par de golpes suaves sobre el pomo de su espada. Al hacerlo la malla de su brazo emitió un tintineo metálico.
—Si nos emboscan no se a cuántos podré dar muerte —dijo Aguinaldo—, pero no serán todos.
—Yo me encargaré de los que queden —aseguró el rey volviendo la vista al frente—. Pero no habrá emboscada.
Wamba cogió carrerilla y trepó hasta la cima de un conjunto de rocas. Desde aquella altura oteó los alrededores en busca de su cena, zarandeando la lanza de caza con cada movimiento. Pese a su voluminosa barriga el rey era aún fuerte para su edad y la agotadora jornada de caza no había hecho en él más mella que algunas gotas de sudor corriendo por su frente. Aguinaldo estaba en mejor forma física, pero tener que cargar con la armadura puesta siguiendo el ritmo del rey le estaba agotando.
—Si tanto deseáis cazar ese jabalí podríais haber dejado que los perros nos acompañaran —le comentó Aguinaldo—. Habrían encontrado su rastro en un instante.
El rey inició el descenso con agilidad.
—Poco me importa la caza. Estoy interesado en una pieza más grande —respondió el rey mientras alcanzaba el suelo de un salto—. Pero siempre es una sensación satisfactoria cenar lo que has matado con tus propias manos.
El rey echó mano de su odre y retiró el tapón para beber agua.
—Vuestro hijo no es una pieza tan grande, majestad —expuso el capitán—. Al menos no una muy astuta. Su conjura ha sido torpe y nada discreta. Acabará antes de empezar.
Wamba volvió a colocar el odre en su sitio y clavó la lanza en el suelo. Sus ojos claros examinaron al capitán.
—¿Tenéis toda la información?
—Toda la que necesito saber —aseguró el capitán—. Con una orden vuestra podremos apresar a todos los conjurados antes de que caiga la noche.
El rey asintió.
—Necesito nombres.
Aguinaldo tenía los nombres de los nobles. Sin ellos los vasallos se mostrarían dóciles y manejables.
—Vuestro hermano Dalmiro no es parte de la conjura, pero tiene conocimiento de ella y ha decidido guardar silencio. No quiere arriesgarse a fracasar al derrocaros y cree que podrá manejar a vuestro hijo si ocupa el trono. Es cauteloso.
—Es un oportunista —declaró el rey—. Siempre ha sabido cómo meter mano en el pastel de los demás. Dejaremos a mi hermano para otro momento. ¿Quién está verdaderamente implicado?
—Los duques Ubaldo y Sisebuto han tanteado en persona a algunos de mis guardias; por seguridad ellos también deberían ser apresados y que el torturador determine quienes son inocentes. El conde Ruderico ha reclutado mercenarios para tomar control de palacio, casi doscientos de ellos —declaró Aguinaldo—, una cifra demasiado elevada para mantenerla en secreto. Y me apostaría la mitad de mis tierras a que su primo también está implicado.
—No aceptaré esa apuesta. Sé muy bien que todos en esa familia son unos traidores —escupió al suelo y recuperó la lanza, reanudando su persecución de la presa—. ¿Qué hay de mi hijo?
—Bien sabéis cómo es: basta que se le diga que puede hacer algo para que quiera hacerlo. Ya se ve a sí mismo como rey —declaró el capitán con cierto tono de burla—. Y piensa elegir el lobo para su sello real.
Aquello arrancó una sonrisa del fiero rey.
—El lobo siempre fue su animal favorito. Desde que era niño…—el rey hizo una breve pausa antes de seguir hablando—  pero no se ha dado cuenta de que sigue siendo un cachorro.
—Los otros implicados son de menor linaje y no quisiera aburriros con una lista de nombres.
—Bien, cuando regresemos quiero que se les aprese a todos. Hay que evitar que resulten muertos, aunque e complacería que derramaran algo de su sangre. Que les encierren con presos ordinarios para que se sientan como si no fueran nadie —sentenció el rey.
—¿Y vuestro hijo?
—Si no fuera porque temo la ira de mi esposa le estrangularía con mis propias manos —el rey se quejó como si lamentara no poder hacerlo—. No por traidor, sino por ignorante. Un rey construye su reino. Después, muere. Mi hijo no debería ignorar que el tiempo le hubiera dado el reino. Maldita sea la juventud y su impaciencia —una pequeña rama crujió cuando el rey la pisó con la bota y bufó lamentado haberlo hecho. Examinó las proximidades por si aquello hubiera asustado al animal que tan interesado estaba en cazar—. Lo que haré será azotarlo como si fuera un niño pequeño, delante de los demás nobles. Ningún crimen podrá ser peor que tal vergüenza.
—No me parece una actitud muy sensata, majestad —la repentina y agresiva mirada que le lanzó el rey hizo que el capitán se estremeciera y buscara nuevas palabras con las que explicarse—. Lo que quiero decir es que una humillación tal podría despertar un rencor irremediable en vuestro hijo, además de menospreciarle frente  a los que en un futuro serán sus súbditos. Si es que seguís deseando que no se le ejecute…
El rey meditó unos instantes y Aguinaldo supo que había logrado desviar la atención de su rey hacia un terreno más seguro.
—¿Tú le cortarías la cabeza?
El capitán guardó silencio. No estaba seguro de cómo encarar la pregunta. Podía ser una petición de consejo, sobre cómo actuar en aquella situación; una pregunta personal para medir lo que el capitán estaba dispuesto a hacer por su rey; o también una prueba sobre hasta qué punto el terminar con aquella conspiración beneficiaba a Aguinaldo. De ser el último caso, la lealtad podía enmascarar la ambición.
—No soy yo el que debe decidir —respondió el capitán—. No tengo ese poder. Pero no es habitual en un rey dejar que quienes conspiran contra él sigan vivos. Claro que un rey sí tiene el poder de decidir lo que no es habitual —añadió—. Es lo que le hace diferente.
Sus palabras fueron escuchadas por el rey en silencio. Solo se escuchaban las ramas al ser agitadas por el viento. Wamba se pasó una mano por la barba y asintió a lo que fuera que estaba pensando.
—Tomaré una decisión más adelante —declaró—. Sigamos cazando.
El capitán siguió al rey mientras analizaba lo dicho. Wamba no estaba predispuesto a ejecutar a su primogénito, pero al menos ahora era una posibilidad abierta.
Aguinaldo sí deseaba ejecutarlo. El hijo del rey era un débil, y ningún reinado débil era duradero. Como capitán de la guardia su vida sería mucho más fácil con un rey fuerte que hiciera que sus amigos se lo pensaran dos veces antes de convertirse en sus enemigos.
Algo captó la atención del rey Wamba y se inclinó para examinar el suelo. Sus dedos hurgaron en la tierra y cuando los alzó estaban teñidos de rojo. Sangre.
—Te dije que le había dado a ese cerdo peludo —la voz del rey tenía tono de reproche.
Aguinaldo se fijó en la sangre. El rey era mal arquero. Y cuando la flecha desapareció entre los arbustos el capitán había supuesto que había fallado, como en anteriores ocasiones.
—Mis ojos me engañaron, majestad. Creí que habíais errado.
Acompañó sus palabras con una leve inclinación de cabeza. Wamba se incorporó y sus ojos siguieron el rastro del animal herido.
—Espero que tus oídos sean más fiables que tu vista —expuso—. Muchas vidas dependen de ellos.
Aquello molestó al capitán. Como si el rey insinuara que no se podía confiar en Aguinaldo en la ardua tarea de mantener al rey libre de amenazas o, peor aún, que creyera le estaba contando una mentira.
—Mis fuentes son tan seguras como que el sol se esconde cada noche.
—¿Y dónde se esconde? —inquirió el rey.
Aguinaldo apretó los dientes con furia. ¿Acaso el rey se estaba burlando de él? Aguinaldo sentía admiración por aquel rey que había sofocado rebeliones y sometido grandes regiones con sus ejércitos. Nunca lo había considerado tan estúpido como para enfurecer a quienes estaban de su lado.
—No es mi trabajo saberlo, majestad —se defendió el capitán—. Eso se lo dejo a los eruditos. Yo sé dónde se esconden los que quieren enterraros.
Wamba siguió rastreando al jabalí, ahora a paso ligero, pues el rastro del animal se había vuelto tan evidente que cualquiera podía seguirlo.
—Falta todavía mucho tiempo para que excaven mi tumba —declaró con orgullo el rey. Pero antes de finalizar la conversación con aquel tono gélido que tanto estaba disgustando al capitán rebajó el tono—. Gracias a ti, Aguinaldo, todavía falta más.
Aquel agradecimiento hizo que Aguinaldo se sintiera tan relajado como aliviado. Tal vez el rey solo había querido probar su temple, o tal vez él también meditaba sobre lo que se estaba diciendo y había concluido que había sido desconsiderado con su capitán.
Fuera como fuera, Aguinaldo se sintió apreciado.
El rey pareció perder el rastro y retrocedió algunos pasos tratando de recuperarlo. Su cara era la viva imagen de la excitación.
—He decidido que se celebrará un juicio —anunció el rey—. Respecto a mi hijo. Que tenga una oportunidad de defenderse. Igual la inminencia de la muerte le convierte en un hombre más sensato. 
Se movía frenéticamente cada vez que encontraba una gota de sangre.
—Una decisión justa. Después de todo, el crimen no ha llegado a cometerse —alegó Aguinaldo—. Pero recordad cuando se celebre que no habría habido juicio alguno si nadie se lo hubiera impedido.
El rey asintió. Sabía leer entrelíneas y algún día no muy lejano le agradecería al capitán los servicios prestados. Sus tierras lindaban con las del duque Sisebuto y en ellas había un molino que Aguinaldo codiciaba desde hace tiempo.
—¿Eso es sangre? —preguntó el capitán cuando vio una tonalidad oscura en el tronco de un haya.
Los dos hombres se aproximaron, a Aguinaldo le costó esfuerzo acuclillarse por el peso de la armadura.
El rey examinó las manchas en el tronco.
—Lo es. Ese jabalí anda cerca…—comentó con una sonrisa en la cara—. Y por cómo sangra no va a ir muy lejos.
Percibieron un ruido a su derecha y el rey alzó la lanza, dispuesto a clavársela al jabalí. Pero el ruido que escucharon no parecía propia de un jabalí. Sino de algún otro animal. Uno grande.
—Aguinaldo desenfundó la espada en un pestañeo y el rey dio un par de pasos hacia el arbusto. Un gesto temerario según el capitán.
—Majestad, ya sabéis lo que dicen de la curiosidad.
El rey sonrió a su capitán mientras acariciaba la punta de su lanza.
—No tengas miedo, capitán. Yo te protejo.
En cuanto dio un paso al frente Aguinaldo avanzó con rapidez tras él. Wamba apartó los arbustos con furia y lo que vio hizo que se lo congelara la sonrisa.
Finalmente el rey sí había encontrado una pieza más grande.
Aguinaldo no había visto nunca un oso. Pero estaba seguro de que no había oso en el reino más grande que aquel. Grande, de abundante pelaje oscuro y con sangre en la boca.
—¡Ese desgraciado se está comiendo el jabalí que yo he matado! —bramó el rey—. ¡Maldito sea ese bicho peludo!
—No alcéis la voz, majestad —aconsejó Aguinaldo—. Es un monstruo enorme.
No era necesario que Aguinaldo lo dijera para que el rey lo supiera. La bestia estaba destrozando al jabalí y buscaba las partes blandas para comérselas.
—Nunca he matado un oso —dijo el rey—. Dame el arco.
Mala idea, pensó el capitán. El oso estaba quieto, hubiera sido fácil acertarle, pero era demasiado grande para abatirlo a flechas.
—¿Estáis seguro de que queréis hacer eso? Es un riesgo innecesario.
—¡Dame eso! —exigió Wamba mientras reclamaba con insistencia el arco—. He salido a cazar jabalíes. Si no puedo volver con un cerdo volveré con un oso. ¡Y que todos lo vean! Arrestaremos a los nobles mientras celebramos mi hazaña —anunció con entusiasmo—. Dame el arco, capitán.
Aguinaldo le tendió el arco al rey y tomó la lanza mientras examinaba al gigantesco oso. No confiaba en las oportunidades que el rey tendría de abatirlo. Miró su propia espada y sopesó sus posibilidades con ella. Tampoco eran mejores.
—Solo quedan dos flechas —le recordó al rey.
—Solo necesito una.
El rey cogió la flecha y la colocó sobre la cuerda. El oso seguía quieto mientras el pulso de Aguinaldo se aceleraba. Rápidamente tensó el arco.
—Tomaos vuestro tiempo —le pidió el capitán.
Fue el instante más largo de su vida. El rey mantuvo el arco bien tenso y controló su respiración. Tenía los ojos fijos en la bestia, que seguía devorando al jabalí, ignorante de lo que se le venía encima.
El rey no falló. El oso no murió.
Un estruendoso rugido de dolor brotó de la sanguinaria boca del oso. La flecha se le había clavado profundamente en el cuello y el animal se dio zarpazos en ella hasta que la partió. Sus movimientos eran furiosos y sus ojos pronto encontraron a los dos hombres.
El oso avanzó hacia ellos a gran velocidad.
—¡La otra flecha! —ordenó el rey.
El capitán se la tendió mientras flexionaba las rodillas, dispuesto para cargar contra el oso. En ese momento sí que agradeció llevar puesta la armadura. Las garras del animal podían ser tan peligrosas como una espada. El rey tensó de nuevo el arco pero la flecha se perdió entre las hojas de los árboles.
—¡La lanza! —exclamó el rey—. ¡Dame la lanza!
Aguinaldo se la tendió al rey. Dio un paso al tiempo que el rey retrocedía otro. El oso estaba a menos de quince pasos.
El capitán había luchado contra muchos hombres; la mayoría estaban muertos. Pero no tenía ni idea de cómo enfrentarse a un oso. Aquella mole de carne se aproximaba a gran velocidad y Aguinaldo supo que si no se apartaba le arrollaría. Aguardó hasta el último momento antes de moverse dos pasos a la izquierda y descargar su espada sobre la espalda del oso que continuaba avanzando. La hoja se hundió con furia en la piel del animal y el capitán no fue capaz de mantenerla entre sus manos. El oso siguió avanzando y embistió al rey.
Tan brutal fue el golpe que Wamba salió despedido. El animal se alzó sobre sus patas traseras y Aguinaldo vio cómo la espada se desprendía del oso herido y caía al suelo. Antes de llegar a recuperarla el animal ya estaba sobre el rey, que no pudo esquivar el primer zarpazo. Ni el segundo.
Los agónicos gritos de dolor del monarca fueron silenciados por los del oso cuando Aguinaldo le clavó la espada en repetidas ocasiones. Un hombre no hubiera soportado semejantes heridas y para cuando el capitán logró dar muerte el rey se había convertido en una masa sanguinolenta carente de vida. Su lanza no le había servido de nada.
Un oso había matado al rey Wamba.
Increíble.
Lo que un grupo de nobles conjurados no hubiera conseguido debido al espionaje de Aguinaldo había sido llevado a cabo por una criatura salvaje y furiosa.
Todos los planes y contraplanes que habían trazado juntos desde antes de que se sentara en el trono habían quedado rotos por la temeridad del rey y la fuerza de una bestia.
Más allá de cómo afectara su ausencia a Aguinaldo aquello ponía al capitán de la guardia en una situación comprometida. Había una conjura en marcha contra el rey y ahora debía jugar con astucia sus cartas. Pronto Galtiva sería una ciudad llena de nobles dispuestos a reclamar honores del nuevo monarca. Fuera quien fuera.
El capitán debía pensar detenidamente quién sería el próximo rey.
El legítimo heredero del trono era la clase de hombre que no deseaba ver sentado en el trono. Débil y manejable. Sería fácil conservar su puesto y sus privilegios. Pero no tardarían en brotar conspiraciones. Y su reinado no duraría mucho.
Por otro lado, si no apoyaba al hijo de Wamba muchos podrían pensar que el capitán había estado implicado en la muerte del rey. Necesitaba el cadáver para probar que las heridas fueron hechas por un oso. Tal vez debiera hablar con Dalmiro. El hermano del rey era lo bastante inteligente para apreciar las habilidades de Aguinaldo.
—Decisiones, decisiones…—murmuró el capitán.
Un rey muerto por un oso no era algo que sucediera todos los días. Y no era una situación para la que Aguinaldo tuviera planeada una solución.
Tenía que pensar con rapidez.
Lo que tardara en encontrar al resto de la partida de caza era el tiempo que Aguinaldo tenía para decidir si apoyaría al hijo del rey en el trono o si optaría por conspirar para que otro ocupara su lugar. Era una decisión que no podía tomarse a la ligera.
Empezó a caminar lentamente.

25 oct 2015

Relato (II): El reggaeyopyopero

El reggaeyopyopero



El bar me parece un iglú. Los ladrillos blancos de las paredes han adquirido un tono sucio por la poca iluminación. También es frío. No solo por la temperatura, sino porque cualquiera que pasa junto a nosotros se calla repentinamente al ver el sombrío ataúd que preside nuestra mesa. Eso es algo que jamás hubieran imaginado encontrarse un viernes por la noche.
Cinco copas hay sobre la madera. Cuatro de ellas son periódicamente renovadas a medida que nos las bebemos. La quinta permanece intacta. Arturo nunca se la beberá.
–Era un gran chico –dice Óscar, todos le miramos–. No se merecía acabar así.
Asentimos en señal de aprobación y seguimos bebiendo. Intercambiamos miradas; dándonos consuelo. Es triste que hayamos acabado en esta situación.
Era un chico muy majo. Eso es lo que se dice en estas ocasiones. Un chico muy majo. Siempre se van los mejores. Tan joven. Pero nosotros lo decimos muy en serio: Arturo era un buen amigo. De esos que nunca dudas en llamar para algún plan o para pedir ayuda.
–Todavía tengo su cazadora de cuero –comenta Marcos–. Y me debe veinte euros del cumple de Alicia. Ya no los cobraré...
Entre penas y recuerdos los cubatas parecen evaporarse. Los hielos se funden en vasos vacíos. Una ronda sigue a otra y los vidrios se acumulan junto al ataúd.
Como si fuera un mantra, levanto una mano y nos sirven otra ronda. Serán cuatro copas. La de Arturo sigue virgen.
El camarero nos pide permiso para llevarse los vasos vacíos. Leyendo entre líneas percibo que se están quedando sin vasos; lo cual me saca una sonrisa de orgullo. Se lleva los ex cubatas y trae la nueva ronda. Mi ron cola es especial: viene en un vaso más grande, por el mismo precio.
–¡Jodo! –exclama Marcos–. Vaya copazo te han puesto. El mío viene en vaso de tubo.
Envidiosos.
–Tengo contactos en el bar –alardeo. Después examino el vaso y les sonrío–. Creo que puedo bebérmelo de un trago.
Miradas de suspicacia. Cristian me apunta con el dedo.
–No hay huevos.
A mí nadie me dice lo que puedo o no puedo hacer. Agarro el vaso con firmeza y me llevo la mano al corazón.
–¡Por Arturo!
Todos asienten y empiezan a golpear la mesa.
–¡Bebe! ¡Bebe! ¡Bebe!
Los hielos me golpean los dientes a medida que el contenido del vaso se abre paso sin control a través de mi garganta. Glup. Glup. Glup. De un trago.
Lo que sigue es un sonoro eructo que resuena por todo el bar. Las risas llenan el ambiente. Me felicitan.
El momento de alegría dura poco.
–No sé si Arturo podría haberse bebido un cubata de trago –comenta Óscar–. Pero sí podría haberse fumado un canuto de una calada.
Hablamos de los que ya no están con nosotros.
–Fumaba como un carretero –señala Cristian–. Tabaco y de lo otro.
–Especialmente de lo otro –añade Marcos.
Arturo era de los que la hierba era su olor natural y el rojo el color de sus ojos. La sonrisa pegada a la cara con superglue. Un fumeta. Siempre con la gente del barrio. Lo de los pantalones anchos y las rastas había resultado un paso natural en su forma de ser y vestir.
Música rap, reggae y todas esas cosas que nos hacía escuchar sin cesar. Siempre con el yop-yop en la boca.
–Hasta en el DNI llevaba las rastas –nos recuerda Cristian.
–Al menos no se hizo la foto con un canuto –bromea Óscar.
–Si no hubiera sido por los maderos lo hubiera llevado en la foto –les aseguro–. Con dos cojones.
Óscar sonríe de nuevo.
–Era el tipo de cosas que le hubiera gustado hacer.
El bueno de Arturo. Cómo le echamos de menos.
Cristian se pone en pie para ajustarse el cinturón. El alcohol le ha hinchado la barriga. Aprovecha para darle con los nudillos al féretro.
–Luego, entre el trabajo y la novia, tuvo que cortarse las rastas –nos dice–. Y lo del yop-yop también lo fue abandonando.
–Para mí siempre será el reggaeyopyopero –les digo–. Así quiero recordarle.
Más rondas. Más vasos. Más brindis.
–Si a mí fuera a pasarme lo mismo también me querría morir –opina Cristian–. Eso no es vida.
–No es vida –coreamos.
Cristian vuelve a dar un par de golpes sobre el ataúd. Con más fuerza. Me da miedo que lo rompa. No es una baratija aunque la funeraria nos haya hecho un buen precio. No somos precisamente ricos y esa es la mejor despedida que podemos darle a Arturo.
También hemos tenido que negociar con el dueño del Sonámbulos para que nos dejara colar el ataúd en la mesa donde solemos ponernos. Pero teniendo en cuenta las circunstancias nos lo ha permitido. Incluso nos invita a chupitos.
Nuestra sangre es puro alcohol.
–La culpa es de la novia –suelta Cristian.
Alzamos la mirada hacia él. Óscar le pone una mano en el hombro para calmarlo. Quiere que se siente.
–No eches leña al fuego...
–¿Qué? –le replica, furioso–. Si no fuera por ella no estaríamos aquí.
¡ah!, la novia...Mejor no hablar de ella. Mejor no sacar el tema. Que nos calentamos y luego pasa lo que pasa.
Pero Cristian insiste en hablar de ella.
–Arturo sabía que ella tenía que volver a Teruel cada semana. Se lo dijimos pero no nos hizo caso. Relaciones a distancia, no. Ni caso. Todos los días cogiendo el puto coche al salir del curro para ir a verla. Ir y volver. Ir y volver. Algunos días hacer noche en Teruel pero otros volver a las tantas de la madrugada. Aquello no era sano. Cada vez le veíamos menos y tanta locura de coche debió habernos servido de advertencia. Tendríamos que haber hablado con él.
Hay tantas cosas que deberíamos haberle dicho.
Los puñeteros viajes en coche. El último whatsapp que nos mandó decía que iba de camino a Teruel. Otra vez. Nos daría un toque al volver. No lo hizo.
Cristian continúa despotricando, cada vez más alto. Óscar se pone en pie y rodea a Cristian por el hombro.
–¡Por Arturo! –exclama alzando su pacharán.
–¡Por Arturo! –coreamos.
Algunos en el bar nos imitan, alzando sus cubatas en señal de respeto. Cristian levanta el periscopio, por si el tema del amigo perdido le sirve como excusa para ligar.
–Podríamos poner una esquela –sugiero–. Tengo un amigo en el Heraldo y podría hacernos el favor.
Yo dejo caer la idea, y por el silencio deduzco que se lo están pensando seriamente.
–¿No te parece excesivo? –me pregunta Marcos.
Reflexiono sobre ello mientras doy otro trago a mi ron. Tiene razón.
–No, nada de esquela –concedo–. Su madre podría decirnos algo.
Además, somos de los que piensan que las esquelas solo las leen los jubilados. Sería mejor comentarlo por Facebook.
Óscar apura su copa.
–Hablando de su madre. ¿Cómo estará llevando el asunto?
Cristian responde inmediatamente, como si hubiera estado al acecho de esa pregunta.
–Pues mal, ¿cómo va a llevarlo? ¿Tú sabrías lo que es no volver a ver a tu hijo por culpa de esa...?
Óscar le interrumpe antes de que diga alguna burrada de las que luego te arrepientes.
–Cálmate...
Todos vamos borrachos pero Cristian puede ser peligroso cuando bebe. Se le puede ir la cabeza y buscar problemas donde no los había. Tampoco es buena idea tratar de calmarlo, porque puede que se vuelva contra ti. Sin embargo, Óscar lo intenta, y no hacemos nada por impedírselo.
Sinceramente, creo que es el momento de ir al baño. Marcos decide acompañarme. Nos abrimos hueco entre la gente. No hay fila en el baño pero el aspecto del water me hace plantearme la idea de vomitar. Creo que es hora de dejar de beber.
Solo una más. Eso me digo.
Marcos se las arregla para hacer funcionar el cañón de aire caliente después de lavarse las manos, pero termina desistiendo y se seca en el pantalón.
–No sé ni para qué existen estos cacharros.
Cuando volvemos a la mesa las cosas parecen haberse calmado. Óscar está contando la anécdota sobre dormir de pie.
–Entre porros y calimocho el tío iba que no se tenía en pie. Con la música reggae y demás. En el concierto, con toda la peña. Yop-yop. Debían ser como las tres de la mañana o algo así. Yo lo veía que se estaba quedando dormido, zarandeándose de adelante y atrás, y le dije: “Macho, vete a la cama que no te aguantas”. Y el otro: “No, no, que estoy bien. Ahora se me pasa. Es el bajón”. Me doy la vuelta, le doy un par de tragos al litro y ¡bum! –enfatiza el movimiento golpeándose la palma con el puño–. Noto un golpe en la espalda. Me giro y está tirado en el suelo. “¿Qué haces?”. ¡Se había caído como un tronco! En serio. Él solito. Se había dormido de pie y ¡pof! Largo, en el suelo. Y va el tío, se levanta y pregunta: “¿Quién me ha empujado?”.
Nos reímos. Hemos escuchado esa historia cien veces y nos sigue haciendo gracia.
–¿Os acordáis de aquella vez...?
Nos acordamos. Arturo siempre había sido una inagotable fuente de buenas historias que contar y reírnos. Un buen chico. Era muy amigo de sus amigos.
La del pedo en comisaría.
La de la silla de tres patas.
La de “¿tu novia es bizca?”.
La del pin del PP.
La de la docena de churros sin mayonesa.
Qué buena fue esa.
Tragamos los cubatas con la misma velocidad a la que se vacían nuestros bolsillos. Ya no podemos seguir manteniendo ese ritmo. Nuestros hígados tampoco.
–Tengo que ir al cajero –informo tras comprobar que lo único que tengo en la cartera son monedas de poco valor–. Estoy seco.
–Nos vamos a ir ya...
Niego con la cabeza. Al hacerlo siento que el mundo ha regulado la gravedad.
–Lo necesito para el taxi –me explico–. Ya vale de beber.
–¿Dónde vives?
–Al fondo de la Avenida Cataluña.
A tomar por culo a mano derecha.
–Te puedo llevar con la furgoneta –sugiere Óscar–. Pensaba venir a recogerla mañana pero...
–Ni loco me subo a la furgoneta en tu estado –le digo–. Que seré yo el que acabe dentro del ataúd.
El primer bostezo es contagioso. Como algo mágico. Todos nos damos cuenta del cansancio que acumulamos de haber cargado con el ataúd desde la furgoneta hasta el bar. No ha habido manera de aparcar cerca del Sonámbulos y a base de fuerza bruta lo hemos traído hasta aquí.
Lo malo es que ahora tenemos que volver a dejarlo dentro de la furgoneta. Y llevamos una cogorza de las que no te dejan tenerte en pie. Menos aún cargar con el ataúd de un amigo.
Cogemos el ataúd entre los cuatro y lo sacamos del bar. Los asombrados clientes no terminan de creérselo, pero nos ayudan a sacarlo por la puerta y nos dan el pésame.
–Muchas gracias, tío.
Por la calle el espectáculo continúa. Nos cuesta coordinar las ocho piernas para que vayan en la misma dirección y encima Óscar mide diez centímetros menos que los demás. Como mínimo. El ataúd está de todo menos recto.
En una lenta y agotadora procesión en la que sudamos ron, ginebra y pacharán a partes iguales llegamos hasta la furgoneta de Óscar. Bajamos el condenado féretro hasta el suelo sin darle más de dos golpes. Óscar abre la parte trasera y recoloca los cables y herramientas que tiene ahí. Coge un par de botas de trabajo, las huele y, tras poner una mueca de asco, las lanza hacia la parte delantera.
–Vamos a cargarlo. Con cuidado.
El ataúd queda dentro de la furgoneta y voy a cerrar la puerta. Marcos me frena.
–¿No deberíamos decir unas palabras?
Me quedó mirándole estupefacto.
–Paso. Estoy cansado.
Y cierro la puerta de un golpe seco.
Nos despedimos. Óscar dice que vendrá por la mañana a recoger la furgoneta.
Ellos son unos cabrones con suerte y pueden volver andando a casa. Yo necesito cuatro ruedas. Trazo mentalmente un plan de lo que tengo que hacer.
Dinero en el cajero. Mear en el árbol. Coger el taxi. Entrar en casa.
El taxista me hace jurar, o me amenaza, que no vomite en su taxi. Gruño para decirle que sí.
En circunstancias normales me quejaría de que condujera tan despacio pero no tengo el ánimo de discutir. Decir adiós a los amigos es peligroso para la salud.
O yo o la cama estamos dando vueltas. No me aclaro. Trato de mantener la cabeza en su sitio y la bebida dentro del estómago. Con razonable éxito. Todo se complica cuando mi madre abre la puerta de mi habitación y me grita en la cúspide de una resaca espantosa.
Esgrime el teléfono de la cocina apuntándolo con insistencia hacia mí.
–Es Arturo –me dice–. Parece muy enfadado.
Normal.
Al segundo intento logro coger el teléfono.
–Apestas a tugurio –me recrimina mi madre.
Ya lo sé. La de ayer fue una juerga exagerada.
Me pongo el teléfono en la oreja y digo lo único sensato que se le puede decir a un muerto.
–Dime.
–¿Qué es eso de que habéis celebrado mi funeral? –su tono está cargado de furia.
–Joder, macho –le replico–. Es que desde que te echaste novia...

22 oct 2015

Relato (I): El último bang

Tal y como prometí, he aquí el resultado de lo que, en un post anterior, me propuso la aplicación Retos de escritura de Literautas.  Para dejar claro que he seguido el orden previsto he marcado en negrita cada uno de los quince pasos propuestos.

Estoy bastante satisfecho con el resultado y es bastante probable que lo repita en el futuro, en varias ocasiones. ¡Que lo disfrutéis!

El último Bang




Encontró una botella vacía en la guantera del coche. Su mano fue directa hacia ella y la agitó con insistencia. Unas pocas gotas se removieron en su interior. Abrió el tapón y volcó el contenido sobre su boca. Apenas notó nada en su lengua.
Irene gruñó en señal de desaprobación. No tendría vodka para matar a sus fantasmas.
Volvió a colocar la botella en la guantera, junto al segundo cargador de la pistola. No iba a necesitarlo aquella noche.
Llovía con suavidad sobre el coche. Un leve repiqueteo sobre el techo. La lluvia apenas bloqueaba la visión a través del parabrisas y nadie se acercaría sin que le viera llegar. Además, la calle estaba vacía. Irene suspiró de hastío y consultó el whatsapp por enésima vez. Dos ticks azules. Ninguna respuesta.
Aquel maldito espía acababa de destrozar el mito de la puntualidad británica. Más de veinte minutos de retraso. Como si a Irene le sobrara el tiempo.
Tratar de llamarle fue inútil. Ninguna voz respondió al otro lado de la línea. Se recostó en el asiento y volvió a suspirar.
Las yemas de los dedos golpeaban con nerviosismo el freno de mano.
–Me aburro...–susurró.
Recuperó el móvil y consultó los mensajes. Nada nuevo.
Pulsó sobre el icono de Candy Crush pero no le dio tiempo a mover ninguna gema porque la silueta encorvada de Robert apareció detrás del coche. El espía se acercaba a paso rápido y torpe. Como si le costara caminar sobre el cemento mojado. Nadie lo diría, tratándose de un inglés.
Los nudillos del hombre golpearon la ventanilla del copiloto y su mirada demandó permiso para entrar. El seguro se abrió con un clic y Robert entró en el coche. Una corriente de aire frío de la calle le acompañó.
–Me ha costado reconocerte –explicó el inglés, como si aquello le excusara–. Has cambiado de coche.
Irene acababa de comprar aquel Peugeot 107. Color rojo. Muy juvenil. Ideal para que lo heredara su sobrina.
–Este consume menos –le replicó con total ausencia de afecto en su voz. Robert hizo un amago de sonrisa y se revolvió en el asiento–. ¿Y bien?
El inglés apenas había tenido tiempo de quitarse la bufanda humedecida. Gotas de agua caían sobre el salpicadero. No llevaba paraguas.
–La chica vendrá a las once menos cuarto –le informó Robert–. Sola.
Irene asintió en señal de aprobación. Tal y como le habían asegurado.
Había recibido la llamada de teléfono poco antes de mediodía. En el punto álgido de su resaca. Había estado toda la noche usando el alcoholismo como un medio para integrarse con los peñistas y no peñistas que aquellos días ocupaban las calles de Zaragoza dejando un reguero de botellas vacías y suciedad a su paso. Ella había aportado su graito de arena. Tratando de matar a los fantasmas de sus víctimas con vodka del Mercadona.
–Se trata de un caso de espionaje –dijo la voz del teléfono–. La chica trabaja en la Base Aérea de Zaragoza mientras duren las maniobras de la OTAN y ha robado unos códigos de lanzamiento de misiles tierra-tierra que podrían llegar a...
Irene no le dejó terminar. Le aburrían todos aquellos detalles de película de espías. No los necesitaba para hacer su trabajo.
–Tan solo quiero un nombre –gruñó a su interlocutor–. Y mi dinero.
–Susana Torralba.
La tal Susana no tardaría en aparecer. Robert le estaba comentando algo sobre el clima de Zaragoza y lo mucho que le recordaba a Birmingham.
–Esta lluvia fina es muy habitual en los meses...
Mientras hablaba Irene se fijó en que tenía menos pelo que la última vez que le vio. También algo más de barriga, como los hombres solían tener a su edad y solo aquellos ojos claros tenían aquel vago atractivo de un oficinista tímido.
Robert seguía hablando del clima británico. Tan incansable como aburrido. Como si nadie supiera que allí llovía.
–¿Dónde está mi dinero? –le interrumpió.
El inglés dejó de hablar y miró a Irene. Alzó una ceja, lo que le dio un aspecto absurdamente cómico e inofensivo para un hombre que trabajaba para la Intelligence Division de la OTAN.
Irene no rompió aquel silencio y al final Robert no le aguantó la mirada. Farfulló algo en su idioma y se puso a rebuscar en su chaqueta con desgana.
No era James Bond.
Del bolsillo interior de la chaqueta extrajo un abultado sobre lleno de billetes de veinte y cincuenta euros. El total debía ascender a cuatro mil. Eso era lo que Irene cobraba por encargo. Deducidos el coste de la bala, una, en teoría, y la gasolina todavía le quedaría un buen pellizco.
Robert extendió el sobre hacia Irene y esta se sintió reconfortada por el peso que tenían aquellos papeles. Siempre pedía billetes pequeños, eran más fáciles de utilizar en la vida diaria que los llamativos billetes morados que se usaban habitualmente para los chanchullos en España.
Irene contó el dinero con calma mientras Robert seguía insistiendo en mantener una conversación banal.
–El río está tranquilo –mencionó el espía. Apenas se le notaba un leve acento cuando pronunciaba las erres. Podría haber pasado desapercibido–, a pesar de la lluvia.
–Deberías verlo en marzo –bufó cuando se equivocó al sumar 380 y 50–. Se desborda por todos lados. Todos los años –tuvo que volver a empezar a contar–. Y el Ayuntamiento parece que no se entera.
Irene siguió con su contabilidad mientras el inglés se quejaba infantilmente del reducido espacio en aquel vehículo para sus piernas.
Pequeño. Agobiante. Claustrofóbico.
Así lo etiquetó mientras Irene terminó de contar el dinero, satisfecha con el total.
La mujer se fijó en el inquieto Robert y no pudo evitar mirarle con desdén. Un espía claustrofóbico sentado en un Peugeot 107 era de lo menos glamouroso en lo que al mundillo del espionaje se refería.
Guardó su libreta y miró a Irene.
–¿No es esta noche cuando vosotros explotáis los petardos de fin del Pilar? –preguntó en un vano intento por conversar–. Tú sabes, los fireworks.
Irene asintió.
–A las diez y media –consultó su reloj–. No falta mucho.
Robert también consultó el reloj. Después hizo algunas anotaciones en su cuaderno con una pluma negra, el único accesorio elegante de aquel espía tan decepcionantemente vulgar. Escribía con impaciencia e Irene podía escuchar el roce de la pluma sobre el papel.
Irene comprobó la zona sin encontrar nada fuera de lugar.
Robert guardó la libreta y la pluma y se revolvió en su asiento.
–¿Qué harás con el dinero? –preguntó el espía–. Supongo que no es para tu plan de jubilación.
Sus ojos señalaban el cachirulo que le cubría la calva a Irene.
Aquella ausencia de pelo era consecuencia de la quimioterapia que nunca había querido recibir. Irene tenía cáncer. No uno cualquiera. Era de los malos. No era de esos que hacían sufrir mucho y daba la impresión de que no ibas a lograrlo y al final lo conseguías. No. Era de los que no se curan.
–Es para mi sobrina Marta –dijo mientras guardaba el sobre bajo el asiento. Sus dedos rozaron la hojalata de una lata de cerveza vacía–. Empezó arquitectura este septiembre. En la EUITIZ, lo que antes se llamaba CPS –el inglés puso cara de no entender–. Estudia arquitectura –le aclaró–. Se queja de los horarios del tranvía y de lo caros que resultan los materiales. Que si ordenador portátil, que si láminas de dibujo...
Irene siguió enumerando las muchas necesidades que tenía su sobrina. Era raro que hablara tanto, pero se le llenaba la boca hablando de su querida sobrina.
–Cuando yo no esté a ella no le faltará de nada. Lo que haya ganado será para ella. No tendrá que preocuparse de matrículas ni materiales ni nada. Y mi casa. Y este coche –dio unos golpecitos sobre el volante–. Lo he comprado pensando en ella. Es ideal para una chica joven que tiene que ir a la universidad, ¿no crees?
Robert asintió.
–Yo sé que no tú tienes un pelo de tonta.
Irene apretó con fuerza los dientes y sintió la tentación de pegarle un tiro a él y no a la chica que aparecería de un momento a otro. Aquel hombre acaba de perder para siempre su oportunidad para lograr que Irene le tratara con respeto.
–No me hace gracia –le espetó inmediatamente.
–Nada es gracioso para ti.
Ella le fulminó con la mirada.
–Tengo un trabajo serio.
–Yo soy a spy –se defendió el inglés, como si tratara de colocarse por encima de la sicaria.
–Tranquilo 007. Solo eres un funcionario británico –le replicó–. Seguro que cobras la extra de Navidad. En Christmas. Si es que no te la han recortado –añadió.
Explosiones lejanas interrumpieron la discusión.
Los fuegos artificiales que concluían las Fiestas del Pilar habían empezado. Una sucesión de luces de diversos colores ocuparon el cielo y sus destellos iluminaban los rostros de los ocupantes del vehículo.
Rojo. Verde. Dorado. El cielo se llenaba de estrellitas y humo. Los cristales del coche vibraban a intervalos.
–Háblame de Susana Torralba –pidió Irene mientras los lejanos colores mantenían cautivada su mirada.
El inglés carraspeó.
–Una don nadie. Inteligente. Ha logrado poner el ojo donde no debía y ah sabido a quién vendérselo. Por fortuna, le hemos descubierto a tiempo y no provocará el mal –consultó su reloj–. Cree que va a recibir el pago.
–En plomo, no en plata.
Robert se encogió de hombros. Al hacerlo se le marcó sobremanera la papada.
–No puede tardar mucho más –dijo volviendo a consultar el reloj–. Cuando ella entre yo le seguiré. Ella sabe que ha quedado con una persona pero no sabe con quién. Si ella me ve solo creerá que soy su contacto. Tú das la vuelta y entras por detrás.
Irene le interrumpió.
–¿Por qué no entras tú por detrás, maldito vago?
–Yo no comprendo.
–Digo que si la tal Susana no sabe con quién ha quedado, ¿por qué no entro yo por delante y le pego un tiro sin más? ¡Bang! –el gesto de la mano coincidió con un destello rojizo especialmente luminoso–. Y no me vengas con esa excusa de que te estás recuperando de una operación de rodilla. He visto cómo venías correteando hasta aquí.
–Es necesario que yo le haga algunas preguntas. Quizá nos pueda contar algo que aún no sabemos. You never know... –hizo una breve pausa y miró a Irene–. Es una herida dolorosa.
Se dio un par de golpes sobre la rodilla a modo de excusa.
–Está claro que no eres James Bond.
Miró a través de la ventanilla hacia el edificio abandonado en el que iba a tener lugar el encuentro. Era una fábrica de azulejos para cuartos de baño. Con la crisis se había ido al garete, como todos esos negocios de la construcción. Según rezaba un cartel la había comprado Xi Mei Ling. Para convertirlo en un almacén. Uno de esos made in China.
–Putos chinos –gruñó Irene–. Se nos están comiendo todo a los de aquí. Esos sí que son una amenaza para el mundo. Por qué no le pegáis tiros a ellos y no a esta pobre chica a la que han engañado como a una tonta.
El inglés se rascó detrás de la oreja mientras pensaba qué responder.
–Eso es racismo –le recriminó con tono cauteloso–. Y no tiene nada que ver con lo que estamos haciendo aquí. Las baratijas del todo a cien no son los códigos de lanzamiento de misiles tierra-tierra. Con lo jodido que está el mundo y te preocupas de cuatro comercios mal gestionados.
–Mi mundo es mi ciudad y mi gente –le dijo al inglés–. Y son los chinos los que se lo cargan, no los misiles. Cada uno tiene sus enemigos y no e vas a decir a mí quien es...
Se calló. Irene había percibido un movimiento al otro extremo de la calle. Una silueta se aproximaba hacia el lugar de encuentro. Una mujer.
–¿Es ella? –su mirada se cruzó con la de Robert y este asintió.
–Dame un poco de tiempo –le pidió a la mujer – No mucho. Solo necesito hacer unas pocas preguntas.
Una duda acechó la mente de Irene.
 –Si te echas atrás me quedo el dinero igualmente  –le advirtió.
 –No depende de mí  –le respondió –. Los jefes han hablado.
Su mirada se volvió a la puerta de la fábrica. Tan pronto como la chica fue engullida por la entrada Robert salió del coche y siguió sus pasos.
Irene se tomó unos momentos para inspirar mientras comprobaba el cargador de la pistola. Su herramienta de trabajo.
Los destellos proseguían en el cielo de Zaragoza. Rojo. Dorado. Rojo.
–Solo es otro fantasma –dijo en voz baja. Alzó la mirada hacia el espejo retrovisor y unos ojos impregnados de calma fría le devolvieron la mirada– Pronto no los veré más.
Salió del coche y avanzó hacia la parte trasera de la fábrica. Su sombra se proyectaba sobre la pared con cada nuevo cohete.
Entrar resultó fácil. Todas aquellas naves tenían varias puertas secundarias y no tardó demasiado en encontrar una abierta. Se abrió con con un crujido.
El interior de la fábrica estaba cubierto de plásticos polvorientos y palés destrozados.  Olía a humedad. Olía a viejo. Era un lugar oscuro. 
Irene se movía en silencio, apoyando firmemente cada pie antes de dar el siguiente paso. Evitaba los plásticos y todo aquello que pudiera quebrarse a emitir algún ruido.
Tan solo las voces rompían el silencio reinante. Podía ver con facilidad a Robert hablando con la chica. Sus siluetas eran ocasionalmente iluminadas por los fuegos.
Hablaban, pero Irene no podía escuchar demasiado desde allí. Se fue acercando con cautela. 
–...fácil...
Veinte pasos.
–...es por dinero...
Quince.
–...odio a mi jefe...
Diez pasos.
–Es por eso: necesito el dinero –le dijo Susana a Robert–. ¿No lo hacemos todos por eso?
Irene torció la boca. Ella también hacía aquello por dinero. Por legar algo a los suyos.
El espía vio que no iba a obtener información relevante de aquella chica y dio por zanjado el asunto. Con calma; como quien firma un documento.
–Actually, no he traído el dinero –le confesó Robert mientras se metía las manos en los bolsillos de la chaqueta–. ¿Sabes por qué? –Irene apenas estaba a tres pasos de ella–. No podrás gastarlo.
Un instante de silencio.
La muchacha se volvió repentinamente, como si hubiera percibido la presencia de Irene. El cañón de la pistola se apoyó en la frente de la chica. Su rostro fue iluminado tanto por un cohete en el cielo como por el destello del arma al pulsar el gatillo.
Un pequeño agujero se materializó en la frente de Susana. Irene siempre usaba armas de bajo calibre, eran más manejables y hacían menos ruido. Además, tenían la fuerza necesaria para perforar un cráneo pero no la suficiente para salir expulsadas por el extremo opuesto, lo cual evitaba la incomodidad de tener que limpiar manchas.
La chica cayó de rodillas y su cuerpo se dobló hacia atrás. Inmóvil.
Robert se aproximó al cadáver y lo rodeó despacio. Estaba muerta.
–What's done is done –citó, muy a lo Shakespeare.
Mientras Irene recogía el casquillo del suelo los últimos destellos de los fuegos artificiales se apagaron. Era el momento de llevarse el cadáver.
No necesitó la ayuda de 007. La delgada muchacha apenas era una carga. No como otras ocasiones en las que Irene se había visto obligada a arrastrar a hombres que no habían tenido ningún respeto por su figura.
Susana Torralba quedó envuelta en un plástico que protegería de manchas el maletero del Peugeot 107 mientras Robert se alejaba del lugar con paso tranquilo. Como si aquella noche no hubiera ocurrido nada distinto a cualquier otra noche.
Irene entró en el coche y sacó el cargador de la pistola. Solo faltaba una bala.
Cogió el sobre de debajo del asiento del conductor. Abrió la guantera de un golpe seco. para guardarlo ahí. Su contenido le decepcionó.
Encontró una botella vacía y lamentó no tener con qué matar al fantasma de su última víctima.



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