Basado en hechos imaginarios: Reseña (V): El mundo de ayer

27 oct. 2015

Reseña (V): El mundo de ayer

El autor y su obra



Stefan Zweig es el perfecto paradigma del hombre cultural europeo, producto del desarrollo de la industrialización y la aparición de las llamadas “buenas familias”. Viena imperial, año 1881. Judío de nacimiento y sentimiento, aunque no practicante, se crió entre la élite cultural vienesa y recibió una educación profesional y personal que le llevó a la cima de la cultura europea. Su admiración por los más ilustres literatos contemporáneos le condujo hacia su desarrollo literario en un afán, muy común entre los jóvenes de su ciudad, de querer compararse con ellos desde temprana edad.

Como ser sedentario de su Viena cultural, él mismo llegó a afirmar que no había salido del perímetro urbano de la ciudad hasta que no completó la escuela. Entre la seguridad de sus calles desarrolló su pasión literaria y su capacidad para impresionarse ante el más mínimo suceso que estuviese relacionado con la cima de la cultura. Hijo de una familia cosmopolita aprendió varios idiomas y una amplia visión sobre Europa como un todo que en el que tenían cabida las diversas cultural que lo componían. Europa no era sino una versión más amplia de su multicultural Austria-Hungría; un continente de cultura compartida donde todos tenían cabida.

Iniciada su vida universitaria se convirtió en un nómada cultural incapaz de fijar su residencia; circunstancia a la que contribuyó tanto su afán viajero como, tristemente, el ascenso del nacionalsocialismo que le obligó a abandonar su residencia de Salzburgo, a la que dedicó casi veinte años. Dedicando sus años académicos a la traducción de libros extranjeros entró en contacto con algunos de los artistas más relevantes de su tiempo. No en vano el subtítulo de la obra fue “memorias de un europeo”. La traducción de obras en idioma extranjero fue una de sus principales actividades y le permitió conocer mejor las culturas extranjeras, que él asimilaba como propias, sino descubrir autores extranjeros conocedores de la lengua alemana, como Romain Rolland. En esa Gran Europa conoció a personajes relevantes de la política, el arte y la ciencia. Individuos que apenas son unos pasajes en su obra pero a los que dota de un preciso carácter psicológico que se transmite de los amables ojos del autor al lector. Zweig es el hijo de la cultura europea, un hombre para el que la política no pareció tener relevancia en la vida hasta que afectó a la cultura y la mentalidad de esa Europa que él veía diversa mientras otros veían enfrentada. 

Practicando todas las artes de la palabra escrita tuvo vocación de poeta y dramaturgo, pero fue en la novela y en las obras biográficas donde terminó por destacar. El reconocimiento le llegó antes de la guerra, pero tuvo que esperar a que ésta acabara para obtener una verdadera fama. Son los años de la guerra los que destruyen su mundo y son los de entreguerras los que ven su mayor producción literaria. En la nueva y empequeñecida Austria será testigo del desarrollo de efímera oleada democrática que terminó por desembocar en las dictaduras y fascismos que controlaron la política de la Europa central y del este. Minucioso observador de los cambios y atemorizado por el futuro, perdida toda seguridad que había tenido antes de la guerra.

Declarado no ario y prohibida su obra en la lengua en la que fue escrita inició un nuevo pero forzoso viaje. Obligado a abandonar lo que él terminó llamando su hogar para vagar de nación en nación hasta acabar en Brasil, donde escribió, antes de suicidarse junto a su segunda esposa, la biografía de la generación que vio su mundo arder en las llamas del nacionalismo y la industrialización.

La obra sobre su vida

El contenido de El mundo de ayer es el retrato de la sociedad anterior a la Primera Guerra Mundial y en qué acabó derivando ese mundo conforme el tiempo y las nuevas corrientes políticas y sociales hacían pedazos ese mundo de seguridad en el que el autor creció. Es el testimonio del dramático y repentino cambio que sufrió el “mundo de la seguridad”. El relato de un hombre que, determinado a abandonar la vida, se convierte en narrador y testigo de un tiempo concreto que él transforma en excepcional.

La narración de sus años de juventud es la narración de ese mundo de ayer, donde él es el testigo-espectador, no el protagonista. Un simple actor situado en un lugar privilegiado desde el que poder contemplar su tiempo; con los ojos adecuados para enfocar la vida cultural de la élite vienesa. Los años de la juventud son los años de Viena, la capital multicutural resultado del inestable y rico agregado de naciones, etnias, idiomas y culturas en la que solo parecían importar la seguridad y la aparente estabilidad. El gigantes de pies de barro en el que su multiculturalidad era la argamasa que mantenía en funcionamiento un Imperio que empujado por las nuevas corrientes nacionalistas buscaba su identidad.

Dentro de ese mundo, Stefan Zweig es un hijo de familia privilegiada, judío por un accidente de nacimiento, quien por contagio de sus compañeros de escuela se vuelca en el mundo de la cultura con la pasión de quien desea saber todo sobre los maestros, pasados y presentes, y las estrellas del orbe literario. Son los atractivos culturales lo que seducen al joven Zweig, indiferente ante los deportes y otro tipo de actividades de ocio que no permiten su desarrollo intelectual. Indiferente asimismo ante los cambios sociales y políticos de una Europa sumida en el progreso de la industrialización; despreocupado de las necesidades económicas gracias al patrimonio familiar se dedica en cuerpo y alma al mundo de la literatura en su camino hacia el reconocimiento internacional.

La entrada en la universidad por una cuestión de estatus familiar es relatada como unos años de necesaria espera para obtener la titulación mientras dedica el tiempo a su auténtica vocación: aumentar su patrimonio cultural. Pese a su origen cosmopolita su estancia en Berlín será la primera vez en la que su dominio de la cultura germana se ponga en contacto real con la sociedad alemana. Es allí donde Zweig comienza a ver las diferencias entre los diversos europeos, pero como una variante de la cultura europea y no como un elemento diferenciador. Llegado el momento de obtener su titulación honrará a su familia con la posesión de un doctorado, logrando el tan ansiado reconocimiento como un hombre cabal y sensato. Logrando esa vejez (madurez) que tanto importaba en la milenaria Viena.

Tras su etapa académica iniciará viajes por el orbe planetario para conocer nuevos mundos y nuevas culturas, lo extraeuropeo le causará gran fascinación. Afirmará no conocer todo el globo, sino una porción de él, pero utiliza esos recuerdos, en retrospectiva, para comprender, y hacer comprender a quienes pertenecieron a su mundo, que las señales de la tragedia estaban ahí, y no supieron interpretarlas debidamente: que la violencia y la clasificación racial existente en las colonias sería importada a Europa como un producto más, de terribles consecuencias.

Sus viajes por Europa ampliaron su conocimiento cultural y capacidad crítica, pero al estar siempre en contacto con la élite artística no pudo percibir los sustanciales cambios en la mente del hombre común que se dejaba arrastrar por el nacionalismo como elemento de unidad nacional y exclusión internacional. La anécdota de los abucheos en el cine a la figura del káiser es relatada como algo que percibió pero que no supo interpretar en aquel momento, y que solamente la mirada retrospectiva le ha permitido comprender, demasiado tarde.

El asesinato del archiduque Francisco Fernando es relatado como algo que tuvo más importancia de lo que mereció. Describe al asesinado como un hombre poco afable y menos sociable, mucho menos apreciado que su padre el Emperador y bastante anodino en general. Un hombre sin mayor importancia que la de su apellido. Zweig tuvo conocimiento del tiro de Sarajevo el 29 de junio y para él no fue más que una noticia impactante ocurrida a una celebridad austríaca que el no consideraba formar parte de aquel glorioso panteón de la cultura vienesa. No tuvo mayor relevancia hasta que las lecturas de los periódicos elevaron la muerte a tragedia de catástrofe internacional. El tono violento y agresivo de la prensa que preparó a la sociedad en menos de un mes para una guerra de la que todos quisieron ser partícipes.

Es éste el punto de inflexión del libro, donde Zweig pasa a convertirse en un atónito espectador del mundo real. La Gran Guerra será para él la guerra contra la Humanidad, la destrucción de los valores burgueses de su Viena imperial en los campos franceses regados con la sangre de quienes contagiados por el nacionalismo se lanzaron a la carnicería industrial que asesinó el espíritu del mundo de ayer usando el progreso como arma homicida. La destrucción de vidas que hizo surgir el personaje del excombatiente en lugar de la ansiada figura del héroe. Rechaza unirse al denominado Manifiesto de los 93 alemanes por no querer ser partícipe de un escrito que proclama el belicismo; y siguiendo esa actitud, sus obras durante la guerra serán de corte antibelicista (A mis amigos en tierra enemiga, por ejemplo) desde su puesto dentro del ejército, encargado de la pacífica tarea de recolectar carteles de propaganda rusos en territorio ocupado.

Tras la guerra llegó el desmembramiento de la Monarquía de los Habsburgo y el regreso de los soldados a un país que ya no era su hogar. Las nuevas naciones surgidas de Austria-Hungría se convirtieron en regímenes dictatoriales débiles y enfrentados entre sí, con una república austríaca de la que Mussolini se consideraba su protector. Esa Austria que había nacido pobre de la desintegración sin más patrimonio que una cultura ya marchita pero gloriosa y que fue obligada a permanecer en su independencia, aun queriendo formar parte de otra nación, para evitar fortalecer a la Alemania de Weimar. Zweig anticipa en este punto la resistencia inútil frente al Reich durante el Anschluss, pese a que los austríacos ya se habían acostumbrado a tener su propio país.

Retirado en Salzburgo dio creación a su obra literaria al tiempo que se convertía él en el anfitrión de figuras artísticas, en contraposición a cuando fue él el huésped de tales celebridades durante su juventud. Allí conoció al auténtica fama, y también volvió a ser testigo de un tiempo que él hizo excepcional. Los relatos sobre la Alemania de entreguerras, lo absurdo de la hiperinflación (aquellos millones de marcos arrojados en una fuente por un mendigo porque no valían sino para envolver el almuerzo) y el turismo cervecero que derivó de aquellos precios ridículos son ejemplos anecdóticos pero ejemplificantes de la sociedad alemana de aquel momento.

La visita a la Unión Soviética, patria del socialismo, tampoco merece desperdicio, pues el autor parece más escarmentado por la vida y contempla el paraíso de los trabajadores con el ojo crítico de quien no está seguro de si contempla un espejismo. La figura del misterioso informador que le aconseja que vea lo que no le enseñan puede ser inventada o no, pero muestra un testigo más versado en el arte de la observación no idílica de la realidad.

Los años treinta llegaron con el ascenso del nacionalsocialismo y el antisemitismo y la prohibición de sus libros, junto a las obras de todos los demás artistas judíos. Son los años de las dificultades y la tristeza, del ascenso de los violentos a los parlamentos (dirá en el libro: “¿no es enternecedor que hubo un tiempo donde se elegían flores como elemento partidario en lugar de bota, puñales y calaveras?”) y la resignación de esos organismos. Habla del nacionalismo como una corriente engañosa que camuflaba sus verdaderos propósitos con un mensaje ambiguo y nadie creía en 1933, o incluso 1934, que obras de artistas alemanes podrían ser prohibidas en Alemania.

Los últimos años de su vida los relata de un modo breve, sin al minuciosidad habitual, dando por sentado que todos conocen su historia presente. Se limita a relatar el ambiente de aquella Inglaterra que le había acogido como refugiado y solo anhelaba la paz. Cómo abrazó el regreso de Chamberlain que volvía de Munich con un acuerdo de “paz para nuestro tiempo” y en la nada quedó todo aquello, cuando las tropas alemanas entraron en Polonia.

El mundo de Stefan Zweig

El mundo de ayer es la biografía de una sociedad que murió en los campos de batalla en los que no luchó y la autobiografía de un escritor que fue testigo del incendio que quemó hasta los cimientos el mundo en el que creció y ayudó a construir. Un panegírico de una sociedad que sostuvo la fe en el progreso como el instrumento que traería la unidad de todos los europeos y cuyas esperanzas se vieron truncadas por una guerra fratricida entre aquellos que se creía estaban destinados a compartir el mundo.

El nació en esa sociedad idílica que el vuelve a idealizar con sus palabras. Nació en la riqueza y la despreocupación por el día a día, sin tener que ganarse el sustento pudo dedicarse al ocio, y he aquí al hombre que hizo de su pasión cultural un ocio. Viena era rica en cultura y el joven Zeig se engulló de toda ella y aprendió a admirarla y dotarla de un aura religiosa inviolable que la hacía sagrada desde el mismo instante en el que se daba a conocer. La publicidad de la cultura era lo que otorgaba el reconocimiento en su mundo como un grande de las letras, y aprendida esa lección Zweig buscó siempre la perfección y la seguridad antes de dar a conocer sus escritos. Un mundo marcado por la asombrosa capacidad de la imaginación y el intelecto humano. Donde todos los referentes que el autor tuvo de su juventud fueron los de aquellos que ayudaron a construir esa cultura paneuropea que tanto admiraba. La Viena imperial de las cien naciones fue su hogar y en la mesa de su casa se hablaban los idiomas de la familia Zweig, dispersa por Europa, que enriquecieron su visión cultural del mundo.

La sociedad en la que creció era la que percibía los cambios de uno en uno y con espacio para la reflexión. Una vida que transcurría lentamente y que no aceleraba su ritmo de vida pese a que la revolución industrial había cambiado el mundo por completo. Austria-Hungría tuvo una lenta industrialización y los cambios sociales que produjo llegaron como reflejo de lo que había acontecido en otros países más pioneros; de este modo, Zweig transmite la sensación de que todo avanza a un paso armonioso y sin sobresaltos, como una sinfonía en el que las nuevas notas acaban encajando perfectamente con las antiguas.

Esa es la pasividad que transmite en sus anotaciones acerca de su etapa escolar. Recibió una educación elitista, pese a que él se obstine en afirmar que fue autodidacta, propia de las mejores familias. Partiendo de esa base educativa, e insatisfecho con ella, expandió su mundo, abierto a nuevas influencias pero cerrado a la realidad. Su interés se posó sobre la literatura, que contagió a todos sus compañeros. Pronto comenzaron a devorar lecturas consideradas más maduras para estar al corriente de las últimas novedades literarios y poder juzgarlas frente a sus amigos.

La obsesión de estos aspirantes por querer convertirse en individuos de renombre en la cultura, y por tanto respetados entre la burguesía vienesa, les llevó a un ansia de aprendizaje en el que las materias escolásticas no serán más que una porción obligada y poco estimulante de su amplio conocimiento. Buscó desde el primer momento codearse con las grandes estrellas del momento en un afán de medirse con ellas en espera del anhelado reconocimiento.

El nómada literario, los grandes personajes y las pequeñas anécdotas

Ese deseo de conocer y de saber más le llevó a una peregrinación literaria hacia los hogares y patrias de los autores más reconocidos, vivos o muertos, de su orbe cultural. Sus numerosos viajes siempre estuvieron destinados a conocer autores, templos de la literatura o lugares inmortalizados por ella. Las principales ciudades europeas fueron algunas de esas paradas, peor también las pequeñas localidades que habían sido tocadas por la sagrada mano de la cultura, como la residencia de verano de Beethoven.

El texto proporciona la falsa sensación del don de la ubicuidad, Zweig parece estar presente en los grandes acontecimientos de su tiempo. Pero no es más que el espejismo de la literatura; el arte del autor, capaz de convertir cualquier anécdota o pequeño evento en algo digno de admirar: el hecho de conocer a una anciana sobre la que se había posado la “sagrada mirada de Goethe” o contemplar el Océano Pacífico desde las colinas de Panamá, antes de que fueran borradas para dar paso al canal. Es ese lugar al que Zweig otorga una belleza mística de la que carece por completo, con la persuasiva intensidad de sus palabras, logrando dignificar un terreno embarrado y fuente de enfermedades con el aura del ser en potencia aristotélico, al convertirse, tras años de sufrimiento e ingenio, en el canal que uniría dos océanos y un mundo entero. Este es un recurso omnipresente en la obra de Zweig: dar importancia a lugares que de otro modo serían anodinos.

La obra está salpicada de anécdotas y breves encuentros con figuras históricas. Palabra a palabra es capaz de transmitir una gran emotividad de diversos sucesos históricos vividos directa o indirectamente por el narrador. Algunos de ellos son hechos históricos fundamentales, como cruzar la frontera entre Bélgica y Alemania horas antes de la invasión; pero hay otros a los que se da importancia desde la distancia, como leer en un periódico que Bléirot sobrevoló el Canal de la Mancha. E incluso eventos pasajeros de su vida, como una cena con Rathenau, pueden ser encadenados hacia eventos futuros gracias a su habilidad narrativa afirmando la gran tragedia que supuso la muerte de este hombre, que anticipaba la llegada del nacionalsocialismo.

Son estas pequeñas anécdotas, los encuentros relacionados con figuras famosas, las que atraen la atención del lector y le impiden minusvalorar ni una sola de las oraciones que componen esta obra literaria que permite condensar en su texto los sucesos de una vida en la Europa de las políticas de masas.

Emotividad del pasado

Desde sus primeros párrafos la obra sumerge en la nostalgia de alguien que añora un lugar y una época que han desaparecido hasta quedar reducido a las difusas sombras de la memoria viva, las cuales en última instancia se perderán con su muerte para dar paso a la memoria histórica. El mundo de ayer es una mirada atrás, a lo que ha quedado alejado por el tiempo y el desarrollo del mundo. Es una mirada de anciano que añora “los buenos tiempos pasados”. Los valores que han quedado caducados o destruidos y que son rememorados como los pilares que sostenían un universo de la seguridad que no volverá a existir en la Europa de las fronteras.

El poder de Zweig reside en su capacidad para anticipar la tragedia y hacer hermoso el camino hasta ella. Una de sus primeras citas en el prólogo dice así: “Nací, en 1881, en un grande y poderoso Imperio, en la Monarquía de los Habsburgo; pero no se la busque en los mapas: ha sido borrada sin dejar rastro”. Desde ese primer momento se transmite la nostalgia del autor de ese mundo imperial vienés, en el cual creció en uno de los ambientes más elitistas posibles y absorbió los valores de la burguesía que vivía su hora dorada en la cima de la política, la economía y la cultura. La desaparición de Austria-Hungría es el fin de la Europa multicultural y la aparición de los nacionalismos enfrentados. El lector es consciente de que la sucesión de palabras le llevará al abismo, no una, sino dos veces, y el mundo que contempla a través de la prosa de Zweig va a desvanecerse frente a él.
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